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Número 83
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San Simón Stock

Prior General de la Orden del Carmen

La Virgen entrega el hábito carmelita

Nuestra Señora entrega el Escapulario
a San Simón Stock

En una hora de grandes persecuciones contra su Orden, el Santo carmelita recibió de la Santísima Virgen el Escapulario símbolo de protección y eterna alianza.

Plinio María Solimeo


Simón nació en 1165, en el castillo de Harford, condado de Kent, en Inglaterra, del que su padre era gobernador. Sus padres unieron la virtud a la más alta nobleza. Algunos escritores juzgan que estaban emparentados con la familia real inglesa.

Antes de nacer su madre lo consagró a la Santísima Virgen. En reconocimiento por el feliz parto y para pedir su especial protección, la joven madre antes de amamantarlo, lo ofrecía a la Madre de Dios, rezando de rodillas un Avemaría. Si por distracción se olvidaba de ello, encontraba una resistencia de parte del pequeño Simón, que rechazaba alimentarse hasta que ella rezase esa oración. Cuando la criatura, debido a algún malestar propio de la edad, comenzaba a llorar, bastaba que su madre le mostrase una estampa de la Virgen para que se calmase.

El niño aprendió a leer a muy tierna edad. A ejemplo de sus padres, comenzó a rezar el Pequeño Oficio de la Santísima Virgen, y luego también el Salterio en latín. Aunque aún no conocía la lengua latina, encontraba tanto placer en ello que quedaba extasiado.

Este niño precoz inició a los siete años el estudio de Bellas Artes en el colegio de Oxford, con tanto éxito que sorprendió a sus profesores. Eso hizo con que fuese admitido a la Mesa Eucarística, en un tiempo en que la costumbre era recibir la Sagrada Hostía mucho más tarde. Fue entonces que consagró su virginidad a la Santísima Virgen.

Eremita a los doce años de edad

Perseguido por la envidia de su hermano mayor, y atendiendo a una voz interior que le inspiraba el deseo de abandonar el mundo, dejó el hogar paterno a la edad de doce años, encontrando refugio en un retirado bosque. Prefirió seguir el llamado de Dios que permanecer en la comodidad del hogar.

Un enorme roble cuyo tronco consumido formara una cavidad suficientemente amplia como para colocar una cruz, una imagen de Nuestra Señora y recostarse, le sirvió de oratorio y habitación. Empleaba el tiempo en la contemplación de las cosas divinas, oración y austeridades. Bebía agua de una fuente en las proximidades y se alimentaba de hierbas, raíces y frutos silvestres. De vez en cuando, sin embargo, un misterioso perro le llevaba un pedazo de pan. Evidentemente, como otrora a los solitarios del desierto, el demonio no lo dejaba en paz.

Simón fue entregado por el enemigo de la salvación a las penas del espíritu, a violentos escrúpulos, a crueles remordimientos sobre los peligros de esa vía extraordinaria que él recorre, privado como estaba de la gracia de los sacramentos, desprovisto de todos los medios que la Iglesia concede sin cesar a los fieles, todos los días expuesto a morir en esa terrible soledad, sin socorro ni consolaciones. El ejemplo de tantos ermitaños que Dios condujo en la misma vía reanimaba su confianza,- el recuerdo de las gracias con las cuales el Cielo lo había favorecido, para confirmarlo en su resolución, lo reaseguraba”. 1

Y especialmente la protección de Nuestra Señora, a quien fuera consagrado desde el vientre materno, le devolvía la paz. De otro lado-, también los ángeles venían a hacerle compañía y lo entretenían en la soledad en que moraba. Así vivió cerca de 20 años.

Mandato para que se uniese a los carmelitas

Nuestra Señora le reveló entonces su deseo que se uniese a ciertos monjes que vendrían a Inglaterra provenientes del Monte Carmelo, en Palestina, “sobre todo porque aquellos religiosos estaban consagrados de un modo especial a la Madre de Dios”. A pesar del gran atractivo que tenía por la soledad, Simón volvió a la casa de sus padres y retomó el curso de sus estudios. Se graduó en teología y recibió las sagradas ordenes. Mientras aguardaba la llegada de los monjes anunciados, el Padre Simón Stock se dedicó a la predicación.

Convento carmelita en Aylesford, Inglaterra

El convento carmelita de Aylesford, Kent
(Inglaterra), en donde el Santo recibió
de Nuestra Señora el Escapulario.

Como Vicario General de la Orden, enfrenta una obstinada persecución

Finalmente dos frailes carmelitas llegaron el año 1213, y él pudo recibir el hábito de la Orden en Aylesford.

En 1215, habiendo llegado a oídos de San Brocardo, segundo general del Carmen, la fama de virtudes de Simón, quiso tenerlo como coadjutor en la dirección de la Orden; en 1226, lo nombró Vicario General de todas las provincias europeas.

San Simón tuvo que hacer frente, en esa ocasión, a una verdadera tormenta contra los carmelitas en Europa, suscitada por el demonio a través de personas que se decían celosas por las leyes de la Iglesia. Éstas querían a todo costo suprimir la Orden, bajo pretexto de ser nueva, instituida sin la aprobación de la Iglesia, contrariamente a lo que disponía el IV Concilio de Letrán.

Simón envió delegados al Papa Honorio III, para informarlo de la persecución de que estaban siendo víctimas los carmelitas y pedir su protección. El Soberano Pontífice delegó dos comisarios para examinar la cuestión. Éstos, ganados por los adversarios, opinaron por la supresión de los carmelitas. Pero la Santísima Virgen se apareció a Honorio III, ordenándole que aprobase las Reglas del Carmen, confirmase la Orden y la protegiese contra sus adversarios. 2 El Sumo Pontífice lo hizo mediante una bula, en la cual declaró legítima y conforme a los decretos de Letrán la existencia legal de la Orden de los Carmelitas, y la autorizó continuar sus fundaciones en Europa.


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