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Número 83
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San Anselmo de Canterbury

Luminaria de la Iglesia en el siglo XI

San Anselmo de Cnaterbury

Obispo, Confesor y Doctor de la Iglesia, considerado el primer teólogo-filósofo, muchos de sus conceptos y escritos pasaron a hacer parte de la enseñanza común de la Iglesia. Arzobispo de Canterbury, luchó denodadamente por los derechos de su Sede contra la prepotencia de los reyes ingleses.

Plinio María Solimeo

Anselmo nació en Aosta, Italia, hijo del noble Gondulfo y de la piadosa Ermenberga, verdadera matrona cristiana. Formado en la escuela materna, se entregó temprano a la virtud y, según su primer biógrafo, era querido por todos, alcanzando un gran éxito en los estudios. Buenos tiempos aquéllos, en que las personas virtuosas eran amadas y no perseguidas. A los 15 años ya se preocupaba de altas cuestiones metafísicas y teológicas, y quiso entrar en un monasterio. Pero los monjes le negaron la entrada por miedo de incomodar a su padre.

No pudiendo ingresar en la vida religiosa, Anselmo se entregó gradualmente a los placeres mundanos mas sin llegar a excesos, por amor a su madre, a quien no quería desagradar. Pero aquella ancla, que apenas evitaba que se ahogase en el mar del mundo, le faltó cuando Anselmo tenía 20 años. Con el fallecimiento de su progenitora, su padre se volvió malhumorado y violento, maltratando frecuentemente al hijo. Anselmo resolvió entonces huir de casa acompañado de un siervo. Vagó por Italia y por Francia, conoció el hambre y la fatiga, hasta que llegó al monasterio de Bec, en Francia, donde quedaba la escuela más afamada del siglo XI, dirigida por su famoso coterráneo, Lanfranco.

El discípulo sucede al maestro

Anselmo se hizo discípulo y amigo de Lanfranco, y se entregó entonces vorazmente al estudio, olvidándose a veces hasta de la alimentación y recreación. “Sus progresos eran tan admirables como su amabilidad, y pronto fue tenido como un prodigio de saber y sus condiscípulos creían que hacía milagros por su piedad y virtud”. 1

A pesar de todos sus éxitos, Anselmo tenía una gran perplejidad, como él mismo narrará más tarde: “Estoy resuelto a hacerme monje; pero, ¿dónde? Si voy a Cluny, todo el tiempo que dediqué a las letras habrá sido perdido para mí; y lo mismo si permanezco en Bec. La severidad de la disciplina en Cluny y la ciencia de Lanfranco en Bec, hicieron inútiles todos mis estudios. Así pensaba, en mi orgullo. Pero, en medio de esta lucha, sentí la ayuda divina: ¡Qué es esto! ¿Es propio de un monje buscar las honras, las alabanzas, la celebridad? Claro que no. Pues bien, me haré monje donde pueda pisotear mis ambiciones, donde sea estimado menos que los demás, donde sea pisoteado por todos”. 2

Y resolvió permanecer en Bec, donde fue ordenado sacerdote en 1060. Pero mientras él huía de las honras, éstas lo perseguían. En 1066 fue elegido Abad de Bec. Y su primer biógrafo, Eadmer, cuenta la pintoresca y conmovedora escena que ocurrió en esa ocasión, típica de la Edad Media: el recién electo abad se prosterna delante de sus hermanos, pidiéndoles con lágrimas que no le impusiesen aquel fardo, mientras que los hermanos, también prosternados, insisten con él para que acepte el oficio. 3 Bajo su dirección, Bec alcanzó su mayor celebridad, siendo para Normandía e Inglaterra lo que Cluny era para Borgoña, Francia e Italia. 4

En Bec, “escribió varios de sus libros, que abren un nuevo camino para el estudio de la teología y se distinguen por la profundidad de pensamiento, delicadeza de investigación, osado vuelo metafísico que, no obstante, nunca se separa del terreno de la fe tradicional”. 5


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