San Anselmo de Canterbury
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Guillermo, el Conquistador, mantuvo una convivencia armoniosa con San Anselmo. |
Combates en defensa de la Fe
En el siglo XI, la importancia de un abad era enorme, pues estaba relacionada a todo el movimiento religioso y político del país. Así, Anselmo tuvo que viajar varias veces a Inglaterra, por intereses de su convento. Allá encontró nuevamente a Lanfranco, entonces Arzobispo de Canterbury, volviéndose también muy estimado en la corte. “Guillermo, el Conquistador, él mismo tan temible e inaccesible para los ingleses, se humanizaba con el Abad de Bec y parecía otra persona en su presencia”. 6
El amable abad era una figura imponente y majestuosa, pero siempre serena. La calma era uno de sus trazos característicos. Era también un gran luchador: “Mientras lucha con los señores de la región en defensa de su monasterio, defiende la pureza de la Fe contra Berengario, discute con los herejes y confunde al racionalista Roscelino”. 7
En 1087, Guillermo II, el Pelirrojo, sucedió a su padre en el trono de Inglaterra. Príncipe “que temía a Dios muy poco y nada a los hombres”, se volvería una espina en la vida de Anselmo. Se apoderaba de las rentas de las sedes vacantes y, para gozar más tiempo esos privilegios, no quería nombrar nuevos obispos a fin de suplirlas.
Entonces, Anselmo, que ya había sucedido a Lanfranco como Abad de Bec, fue escogido por el pueblo para sucederlo también en la sede de Canterbury, a su muerte. De ello no querían saber ni el abad, por humildad, ni el rey, por prepotencia, pues decía: “El Arzobispo de Canterbury soy yo!”.
Arzobispo de Canterbury contra su voluntad
La Providencia vino a resolver el caso. Atacado por una extraña enfermedad, el rey se vio reducido a una situación extrema, y temió por su alma. Los prelados y barones entonces lo presionaron para que no dejase por más tiempo vacante la sede de Canterbury; y él, accediendo a los deseos del clero y del pueblo, nombró a Anselmo.
Como éste continuaba rehusando el cargo, sucedió entonces otra escena que sólo podía acaecer en aquellos tiempos:Anselmo “fue arrastrado a la fuerza hasta el lado del lecho del Rey, le fue metido un báculo en su mano cerrada, y fue cantado el Te Deum”. 8 Contra su voluntad, Anselmo se tornó Arzobispo de Canterbury.
Sin embargo, el arrepentimiento del rey se fue con la enfermedad. Apenas restablecido, intentó doblegar al Arzobispo, que se opuso a la cesión de las tierras de la arquidiócesis en favor de los preferidos del rey. Comenzó una verdadera batalla entre el altar y el trono, y Anselmo prefirió exiliarse en el continente a ceder en los principios. Esa tendencia absolutista de los soberanos ingleses se manifestará en el siglo siguiente con el martirio de Santo Tomás Becket, y, en el siglo XVI con el cisma de Enrique VIII.
Luminaria del Concilio de Bari
En Roma, Anselmo fue recibido por el bienaventurado Urbano II, que lo convenció de volver a su diócesis. Pero antes de hacerlo participó del Concilio de Bari, en 1098, del cual fue una de sus luminarias, deshaciendo el sofisma de los griegos, que negaban que el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo. Para ello pronunció un bello discurso, que después se convirtió en tratado, titulado De la procedencia del Espíritu Santo. En Italia escribió otro tratado, Cur Deus Homo, y regresó a Inglaterra en 1100, a pedido de Enrique, que sucedió en el trono a su padre, Guillermo II, muerto impenitente durante una cacería.
Para practicar mejor la obediencia, Anselmo había pedido al Papa que le diese alguien a quien él pudiese someterse en todas las acciones, como un monje a su superior. El Papa designó para ese oficio al monje Eadmer, que se hizo amigo íntimo, discípulo y biógrafo.
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