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Número 125
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¿Conservarán los cuerpos, después de la resurrección, las marcas o heridas ocasionadas durante la vida?


PREGUNTA


¿Después de la resurrección de los muertos, los cuerpos gloriosos conservarán los vestigios o marcas de accidentes violentos que la persona tuvo en vida? Por ejemplo, si la persona tenía una herida considerable en el rostro, ¿la cicatriz permanecerá después de la resurrección? Cuando Nuestro Señor Resucitado se apareció a los Apóstoles mostró a Santo Tomás las marcas de la Pasión.


RESPUESTA


Las características del cuerpo resucitado no pueden guardar ninguna marca de las cicatrices que las enfermedades y los accidentes de esta vida dejaron en él. Porque toda imperfección o sufrimiento son incompatibles con la felicidad plena que el hombre resucitado gozará en el Cielo

Pero allá, ¡no seremos hombres sin historia! La vida en el Cielo es la coronación de una vida de combates y de fidelidad que llevamos en esta Tierra —y también de la misericordia de Dios que nos perdonó lamentables caídas que tuvimos y de las cuales nos arrepentimos. Así como no hay dos hombres iguales y dos vidas iguales, el premio que Dios dará a cada hombre será no sólo en proporción a su fidelidad a las gracias recibidas y a la misericordia divina, pues también tendrá una marca personal que caracterizará, de modo inconfundible, la singularidad única de su vida.

Así, un San Luis Gonzaga, cuya vida se caracterizó por una castidad llevada al pináculo de lo inverosímil, es reconocido en el Cielo por esa virtud singularísima suya. Algo en su esplendor y en el perfume que su persona exhala indica a los otros bienaventurados que aquél es San Luis Gonzaga, el excelso modelo de la virtud angélica.

Nuestro Señor libera las almas de los justos que estaban en el Limbo, llevándolas al Cielo

Cuando Nuestro Señor Resucitado se presentó a los Apóstoles portando las marcas gloriosas de la Pasión, sus cicatrices eran luminosas y denotaban que ahí estaba ¡el Redentor del mundo! Nada había en ellas que constituyese un defecto del cuerpo, sino que eran ¡una señal de la Gloria insuperable que caracterizará por toda la eternidad al Hijo de Dios hecho hombre para salvar a los hombres!

Mucho más modestamente —sin embargo ¡con cuánta gloria!— un cruzado que con coraje y abnegación se alistó en la memorable epopeya para rescatar el Santo Sepulcro caído en manos de los infieles, podrá exhibir en el Cielo la llaga gloriosa de la lanzada que le quitó la vida. ¿Cuántos otros guerreros, que derramaron su sangre en defensa de la Iglesia y de la Cristiandad, no merecerán que sus llagas sean reconocidas en el Cielo por un brillo muy especial? Esto en nada les disminuirá la perfecta integridad y felicidad del cuerpo.

Al lado de esos ejemplos supremos, ¿cómo no pensar qué sacrificios aún más modestos, pero no por eso destituidos de mérito y de gloria —de una madre, por ejemplo, que se avienta en un incendio para salvar la vida de un hijo— resplandezcan en el Cielo con las cicatrices luminosas de su acto heroico? Esto no será un elemento de fealdad, sino de gloria, como bellas y gloriosas fueron las llagas de Cristo Resucitado.

Es así que la historia singular de cada hombre y de cada mujer se proyecta hasta el Cielo. Y es por eso también que la vida en esta Tierra es tan seria...     




  

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