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Número 85
Enero de 2009

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La Virgen del Viernes Santo

Y una tradición que perdura en el tiempo

Hoy como ayer, a las tres en punto de la tarde del Viernes Santo, parte de la iglesia de La Merced la solemne procesión del Santo Sepulcro, siempre acompañado por Nuestra Señora de la Soledad. El cortejo es precedido por la cruz procesional que marcha flanqueada por dos cirios, todos cargados por monaguillos. Le sigue a continuación, en un regio relicario, la preciosísima reliquia del lignum crucis transportada por el Arzobispo Metropolitano magníficamente paramentado y bajo palio de seis lanzas. Y más atrás la imagen exánime del Cristo yaciente en su hermosa urna barroca iluminada por severos faroles, cargada en hombros con paso suave, cadencioso y solemne por la Hermandad de Caballeros del Santo Sepulcro. Completa el cortejo el anda con la imponente y regia figura de la Madre Dolorosa, a quien los cuzqueños cariñosamente llaman la Virgen del Viernes Santo, vestida rigurosamente de luto, con el rostro cargado de aflicción y el corazón traspasado de dolor.

El recorrido se realiza por las calles de Heladeros y Santa Teresa, hasta el convento carmelita. De ahí baja por las evocativas calles Siete Cuartones y Plateros, y por esta última ingresa a la Plaza de Armas. Pasa frente a la Catedral y a la Iglesia de la Compañía para retornar en horas de la noche a su templo.

A la vista de esta conmovedora imagen de la Virgen de la Soledad, bien podría ser que más de un lector se pregunte: ¿Por qué Nuestra Señora quiso sufrir?

Las excelsas razones del sufrimiento de María

La Virgen María fue concebida sin pecado original debido a un privilegio único concedido por Dios en previsión de los méritos de Jesucristo. No estaba sujeta a las malas inclinaciones latentes en los demás hombres, ni tampoco necesitaba sacrificarse como nosotros. Sin embargo, Ella quiso sufrir por diversas y altísimas razones.

Fundamentalmente, porque acompañando todos los trances de la Pasión de su Divino Hijo, permaneciendo al pie de la Cruz, viéndolo agonizar y morir y participando así de todos sus padecimientos redentores, se asoció de manera perfecta a su plan de salvación y a sus méritos infinitos, reparando unida a Él por los pecados de la humanidad, y obte niéndonos de esa manera dones y gracias en superabundancia.

Iglesia de La Merced en Cusco

Portada y torre de la Iglesia de la
Merced (Cusco), en cuyo interior se
venera a la Virgen de la Soledad.

Nuestra Señora fue siempre santa e inmaculada, y podría no haber pasado por las pruebas que Dios envía a los demás hombres con el objeto de santificarlos. Pero si Ella las deseó, fue para enseñarnos a ser desprendidos de los bienes terrenos y a amar los planes de la Sabiduría divina aún cuando no los comprendamos.

Son éstas las preciosas enseñanzas que Nuestra Señora nos dejó. Nosotros debemos sufrir como consecuencia del pecado original y de nuestros pecados actuales. Ella no tenía porqué, pero lo quiso por amor a Dios y a sus hijos concebidos en pecado original. ¡Imitemos el ejemplo de tan excelsa Madre!

He aquí una sublime lección para meditar en esta Cuaresma y durante la Semana Santa, cuando tantos olvidados de Dios lo ofenden entregándose a diversiones inconvenientes, cayendo en el pecado, y afanándose en huir de cualquier forma, de todo sufrimiento.

Notas.-

1. R. P. Rubén Vargas Ugarte  S.J., Historia del Culto de María en Iberoamérica, Madrid, 1956, Tomo II, p. 122.
2. Mons. Severo Aparicio Quispe  O. de M., La Orden de la Merced en el Perú - Estudios Históricos, Cusco, 2001, Tomo I, p. 90.
3. R. P. Rubén Vargas Ugarte S.J., op. cit., Tomo II, p. 123.


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