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Número 85
Enero de 2009

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Informativo N° 14

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¿Qué fue el Gran Cisma de Occidente?

PREGUNTA

Al explicar la existencia de antipapas en la Historia de la Iglesia, Ud. puso como ejemplo el Gran Cisma de Occidente.

Quisiera saber en qué situación quedaría aquel antipapa en caso de haber actuado de buena fe, como lo admite la Enciclopedia Católica que Ud. citó: ¿quedaría automáticamente excomulgado y excluido de la Iglesia?

RESPUESTA

Ninguna penalidad canónica en la Iglesia (excomunión, entredicho, suspensión) se aplica a alguien que comete un error o falta, aunque sea gravísima, si hubiese actuado auténticamente de buena fe. Y esto vale de igual modo para la eventualidad de un antipapa que de buena fe se haya proclamado Papa. Juzgar esa buena fe es fácil para Dios –que conoce todas las cosas, hasta nuestros pensamientos más íntimos– pero puede resultar muy complicado para nosotros los hombres, al tener que tomar posición ante hechos concretos no siempre muy claros.

Sirva una vez más de ejemplo el Gran Cisma de Occidente, que parece haber despertado especial interés entre los lectores de La Palabra del Sacerdote, publicada en la edición pasada de Tesoros de la Fe.

En primer lugar, se denomina Cisma de Occidente en oposición al Cisma de Oriente. Sin embargo, existe una gran diferencia en la naturaleza de los dos cismas.

En el caso de las iglesias orientales que se separaron de Roma en el año 1054 (Cisma de Oriente), había la negación explícita del primado del Papa y la pretensión de que ellas podían regirse por sí mismas (por eso se designan como iglesias “autocéfalas”). Existen hasta hoy, como la iglesia cismática griega, la iglesia cismática rusa, etc., conocidas también como Iglesias Ortodoxas.

En el caso del Gran Cisma de Occidente, todos estaban de acuerdo en que debería haber un –y sólo un– Papa. La discordancia estaba en cuál de los dos elegidos era el sucesor legítimo de Pedro.

Si hoy, en la historiografía católica, prácticamente no existen más dudas de que el Papa auténtico era Urbano VI, y de que Clemente VII era antipapa, para un gran número de contemporáneos la cuestión no era tan clara. Lo cual explica que había santos –y grandes santos– de ambos lados en que se escindió la Iglesia. Del lado del Papa de Roma estaba Santa Catalina de Siena, gran mística y vidente, de la cual ya hablamos en la edición pasada de Tesoros de la Fe; con el antipapa de Avignon estaba San Vicente Ferrer, gran orador y taumaturgo (obraba numerosos milagros). Con estos ejemplos el lector podrá ver la enorme confusión que entonces se produjo en la Iglesia.

El rey Carlos V

El rey Carlos V de Francia apoyó
al antipapa Clemente VII, después
de prestar homenaje a Urbano VI

La Cristiandad dividida

En toda esta cuestión, desempeñó un papel importante el cardenal español Pedro de Luna, el cual fue, al principio, defensor intrépido de Urbano VI. Convencido de que su elección fue legítima, y conocedor de que los cardenales franceses estaban animados de intenciones cismáticas y querían regresar a Avignon, el cardenal Luna se unió a ellos alrededor del día 24 de junio, con el fin de disuadirlos de tal temeridad.

No obstante, como comenta el padre Villoslada, el pescador terminó siendo pescado. Los cardenales franceses lo convencieron de que habían votado bajo coacción del pueblo romano y de que, por lo tanto, la elección no fue libre. Que habría sido, pues, ilegítima. Sin embargo, la elección había tenido lugar el 8 de abril de 1378, y hasta casi el fin de ese mes todos los cardenales presentes en Roma habían dado muestras inequívocas de acatamiento al nuevo Pontífice. Si alguna duda hubiese habido en cuanto a la elección, ella fue convalidada por el comportamiento posterior de los cardenales.

Nuestra exposición anterior llegó hasta la instalación de Clemente VII en Avignon, el día 20 de junio del año siguiente, exactamente nueve meses después del cónclave que lo eligió en Fondi, en el Reino de Nápoles (estábamos lejos aún de los tiempos de la aviación y de internet... ). Con la celeridad, pues, que los medios de locomoción y comunicación de la época permitían, ambos papas se apresuraron a enviar embajadores a los príncipes cristianos, exponiendo cada cual sus derechos y desacreditando al adversario. La actividad diplomática de Clemente VII era mucho más ágil que la de Urbano VI. Aún así, la mayor parte de la Cristiandad quedó del lado de Urbano VI.


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