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Número 85
Enero de 2009

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Informativo N° 14

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San Pedro Damián

Iglesia de Sant' Apollinare

Fachada de la Iglesia de Sant'Apollinare
Nuovo, ene estilo bizantino (s. VI), en
Rávena, cuna de San Pedro Damián.

Eliminación de la simonía: decisiva victoria del Santo

Otro campo de batalla se abrió para San Pedro Damián, cuyo celo por la causa de la Iglesia era inagotable: la lucha contra la venta de cargos eclesiásticos, conocida como simonía 1. El comprensible afán de cohibir tal abuso llevó a recurrir a algunas doctrinas erradas, y hasta absurdas. Una de ellas afirmaba que si un obispo hubiese comprado el cargo, perdía el poder de conferir el sacerdocio. Ahora bien, si las ordenaciones sacerdotales por él conferidas no eran válidas, los sacramentos administrados por esos padres tampoco lo eran. Es obvio que la aplicación de tal doctrina provocaría de inmediato un gran desorden.

De hecho, comenzó a establecerse una confusión generalizada, en medio de la cual obispos reordenaban a sacerdotes como medida de seguridad. Tres Concilios fueron convocados, sin conseguir solucionar el problema en sus justos límites.

Para cerrar el paso a tamaños absurdos, San Pedro Damián redactó una obra titulada Gratissimo, en la cual defiende la verdadera doctrina católica sobre la materia, demostrando la tesis de que el Sacramento del Orden conferido por un obispo, a pesar de que pueda ser simoniaco, es válido. El autor ilustra su tesis al presentar ejemplos de santos sacerdotes, ordenados por obispos simoníacos.

Normalmente la refutación de doctrinas erróneas sigue un largo proceso que suscita polémicas. La mencionada obra de San Pedro Damián, no obstante, de tal manera esclarecía la cuestión, que su simple lectura era suficiente para sofocar las controversias.

Así, en poco tiempo los obispos –y el propio Papa San León IX– tomaron posición a respecto del tema, siendo la simonía condenada en un Concilio efectuado en Roma en el año de 1049.

Contra su voluntad, es nombrado Cardenal y Obispo de Ostia

Después de aquellas luchas en defensa de la Iglesia, San Pedro Damián deseaba retirarse para llevar una vida solitaria, propia a su vocación de camaldulense.

La historia de este Santo, sin embargo, es un caso característico del trato que Dios reserva a muchos de los que más ama: despierta en el alma el deseo de un tipo de vida y obliga a seguir otro. A ejemplo de San Bernardo, este gran contemplativo fue compelido a una vida activa, repleta de viajes y polémicas, opuesta a la soledad y al silencio de un claustro.

Después de la muerte de San León IX, fue electo un nuevo Papa que murió al poco tiempo. Su sucesor, Esteban IX, manifestó su deseo de concederle el capelo cardenalicio al infatigable Abad de Fuente Avellana, como recompensa por los grandes servicios prestados a la Iglesia. Y lo nombró asimismo obispo de Ostia.

San Pedro Damián, sin embargo, rehusaba el ofrecimiento con tal vigor, que fue necesario amenazarlo con la excomunión si persistía en la negativa.

Después de su consagración episcopal y elevación al cardenalato, no dejó de pedir en repetidas ocasiones la dimisión de aquella dignidad, pues la consideraba un obstáculo para su unión con Dios. Llegó al punto, años después de la muerte de Esteban IX, de llamarlo “perseguidor”, por haberle impuesto el episcopado.

Delicadas e importantes misiones

Conocedores de su virtud, los Papas lo encargaron de ejecutar diversas misiones complicadas, que le exigieron frecuentes viajes.

La primera de ellas fue la reforma del clero de la diócesis de Milán, donde la simonía se había generalizado, y gran número de sacerdotes vivía en concubinato.

Anteriores intentos, lidera dos por San Arialdo –que fue martirizado por esa causa– habían fracasado.

La intervención paciente y caritativa de San Pedro Damián, sin embargo, fue decisiva. El propio Prelado de Milán escribió una Carta Pastoral condenando los vicios de la simonía y la impureza reinantes en su clero. En una ceremonia conmovedora, todos los clérigos de la diócesis juraron abandonar ambos vicios y aceptaron las penitencias que les fueron impuestas.

Apenas concluida tal misión, el Santo participó activamente en la lucha a favor del nuevo Papa Alejandro II contra el antipapa que había surgido en Alemania. A ese respecto escribió un libro titulado Disputa Sinodal, en el cual expone los principios por los cuales un Papa, para subir al Solio Pontificio, no necesita de la aprobación del Emperador del Sacro Imperio Romano Alemán.


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