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Número 85
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La Virgen de la Candelaria

Los fieles, atrapados en una falsa alternativa

La perniciosa influencia de la teología de la liberación, durante las décadas de los 70 y 80, llevó a un amplio sector del clero a abandonar seriamente la asistencia espiritual que le debe a sus fieles, llevados por una preocupación casi exclusiva y mal enfocada por los problemas sociales, abordando sólo su aspecto material. De ahí sobrevino un menosprecio, cuando no un combate abierto, a las prácticas exteriores de la piedad tradicional. Por ejemplo, la devoción a la Santísima Virgen, el culto a las imágenes, el rezo del Santo Rosario, el uso de hábitos terciarios o de hermandades, la realización de procesiones, etc.

Vista panorámica del Lago Titicaca

Vista panorámica del Lago Titicaca
al atardecer. Toda una vasta región “en
la cual se había encastillado sólidamente
la idolatría” adhirió fervorosamente a la
Religión Católica, gracias a la devoción
a la Virgen de la Candelaria.

Oí contar a un viejo amigo sacerdote que, en una reunión en Trujillo del clero diocesano, un colega criticó ásperamente los “derroches” en las procesiones: “Gastan en flores, gastan en velas, gastan en fuegos artificiales, gastan en homenajes... ” Mi amigo irónicamente lo interpeló: “Padre, ¿acaso es su plata?” Y con la risa general hubo que cambiar de asunto.

Judas, recordémoslo, también criticó a la Magdalena por derramar costosos perfumes sobre los pies del Salvador, “no porque él pasase algún cuidado por los pobres, sino porque era ladrón” (Jn. 12, 6).

No obstante, mientras en ciertos ambientes eclesiásticos estas manifestaciones religiosas pasaron a ser mal vistas, ridiculizadas, criticadas..., comenzó a producirse un extraño fenómeno opuesto: sectores comerciales, publicitarios y turísticos las exaltan y promueven, exclusivamente por la riqueza cultural de la que son portadoras. Es decir –tal como sucede hoy con el desvirtuamiento comercial de la Navidad– se da realce e importancia a la expresión meramente externa, y no al sentimiento interior que les ha dado su origen.

Así, se destacan los bailes, la música, la vestimenta; en desmedro del culto, de la devoción, de la acción de gracias.

Se pretende que un emotivo homenaje a la Patrona se transforme en una ocasión para exhibirse ante las cámaras, el lente fotográfico o las miradas de los turistas.

Se pretende que un acto de piedad tan arraigado en la fe del pueblo, se transforme en un preámbulo de orgías y borracheras.

Se pretende que inocentes y cándidas pallas se transformen en bailarinas de cabaret, que cambien sus amplias y encantadoras polleras por atuendos minúsculos y provocadores.

Se pretende que una tradicional y hermosa manifestación de fe se transforme en una fiesta neopagana, en una mera representación o espectáculo folklórico, para deleite de los enemigos de la religión y para el lucro de un puñado de mercaderes inescrupulosos.

No nos dejemos atrapar en esta falsa alternativa entre los que menosprecian la devoción y los que se aprovechan de ella para corromperla. No renunciemos a nuestras más caras tradiciones cristianas, antes bien, purifiquémoslas de cualquier elemento extraño que las puedan manchar.

Exterioricemos nuestro amor y nuestra devoción a María Santísima en su advocación de la Purificación o Candelaria, y como prueba de ello llevemos una vida honesta que sea el reflejo de sus más altas virtudes.

Obras consultadas.-

1. R. P. Rubén Vargas Ugarte S.J., Historia del Culto de María en Iberoamérica, Madrid, 1956, Tomo I, pp. 56-57.
2. R. P. Joseph P. Meaney, Novena a la Virgen de la Candelaria, Puno, 1948, pp. 3-4.


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