San Juan Evangelista
Custodia de la Madre de Dios al Apóstol virgen
Fue entonces que, recibiéndola como Madre, obtuvo el mayor legado que criatura humana jamás podría recibir. Dice San Jerónimo: “Juan, que era virgen, al creer en Cristo permaneció siempre virgen. Por eso fue el discípulo amado y reclinó su cabeza sobre el corazón de Jesús. En breves palabras, para mostrar cuál es el privilegio de Juan, o mejor, el privilegio de la virginidad en él, basta decir que el Señor virgen puso a su Madre virgen en las manos del discípulo virgen” 2. Enseñan los Padres de la Iglesia que este gran Apóstol representaba en aquel momento a todos los fieles. Y que, por medio de San Juan, María nos fue dada por Madre, y nosotros a Ella como hijos. Pero Juan fue el primero en tal adopción.
Fue también el único de los Apóstoles en presenciar y sufrir el drama del Gólgota, sirviendo de apoyo a la Madre de los Dolores, que con su Hijo compartía la terrible Pasión.
Cuando, el Domingo de Resurrección, María Magdalena vino a decir a los Apóstoles que la Tumba estaba vacía, fue él el primero en correr, seguido de Pedro, hacia el lugar. Y después, estando en el Mar de Tiberiades, al aparecerse Nuestro Señor en la orilla, fue el primero en reconocerlo.
Una de las tres columnas de la Iglesia naciente
En los Hechos de los Apóstoles, él aparece siempre con San Pedro. Juntos estaban cuando, yendo a rezar en el Templo junto a la puerta Hermosa, un cojo les pidió limosna. Pedro lo curó, y después predicó al pueblo, que se reunió a causa de tal maravilla. Juntos fueron apresados hasta el día siguiente, cuando intrépidamente defendieron su fe en Cristo ante los fariseos. Más adelante, cuando el diácono Felipe había convertido y bautizado a muchos en Samaria, era necesario que fuese para allá uno de los Apóstoles a fin de confirmarlos. Pedro y Juan fueron escogidos para tal misión.
San Pablo, en su tercer viaje a Jerusalén, narra en su Epístola a los Gálatas (2, 9) que ahí encontró a “Santiago, Cefas y Juan, que eran reputados como columnas”, y que ellos, reconociendo“la gracia que se me había dado [para predicar el Evangelio], nos dieron las manos, en señal de convenio, a mí y a Bernabé”.
Después de ello, los Evangelios callan a respecto de San Juan. Pero queda la Tradición. Según ésta, él permaneció con María Santísima durante lo que restó de su vida mortal, dedicándose también a la prédica. Después de la intimidad con el Hijo, el Apóstol virgen es llamado a una estrecha intimidad de alma con la Madre que, siendo la Medianera de todas las gracias, debe haberlo colmado de ellas en altísimo grado. ¡Qué gran virtud debería tener alguien para ser el custodio de la Reina del Cielo y de la Tierra!
Así, habría permanecido con Ella en Jerusalén y después en Éfeso. “Dos motivos principales deberían haber ocasionado ese cambio de residencia: por un lado, la vitalidad del cristianismo en esa noble ciudad; por otro, las perniciosas herejías que comenzaban a germinar. Juan quería así empeñar su autoridad apostólica, sea para preservar sea para coronar el glorioso edificio construido por San Pablo; y su poderosa influencia no contribuyó en poco para dar a las iglesias de Asia la sorprendente vitalidad que ellas conservaron durante el siglo II” 3.
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La Última Cena (detalle)- Fray Angélico, siglo XV, Museo de San Marcos, Florencia. |
Después de la dormición de la Santísima Virgen -que es como la Iglesia llama al fin de su vida terrena– y su Asunción a los Cielos, el Evangelista fundó muchas comunidades cristianas en Asia Menor.
Vivo después del martirio
Ocurre entonces el martirio de San Juan, que es conmemorado el día 6 de mayo. El Emperador Diocleciano lo hizo apresar y llevar a Roma. En la Ciudad Eterna, fue flagelado y echado en una caldera de aceite hirviendo. Pero el Apóstol virgen salió de ella rejuvenecido y sin sufrir daño alguno. Diocleciano, pasmado con el gran milagro, no osó atentar una segunda vez contra él, pero lo desterró a la isla de Patmos, que era algo más que un peñasco. Fue ahí, según la Tradición, que San Juan escribió el más profético de los libros de las Sagradas Escrituras, el Apocalipsis.
Tras la muerte de Diocleciano, el Apóstol volvió a Éfeso. Es ahí en que, según varios Padres y Doctores de la Iglesia, para combatir las doctrinas nacientes de Cerinto y de Ebión –que negaban la naturaleza divina de Cristo– escribió su Evangelio 4. Previamente, ordenó a todos los fieles un ayuno que él mismo observó rigurosamente, para después dictar a su discípulo Prócoro, en lo alto de una montaña, el monumento que es su Evangelio. Transportado en Dios, con vuelo de águila, él lo comienza con una altura sublime: “En el principio era el Verbo, y el Verbo estaba en Dios, y el Verbo era Dios”. Este Evangelio, de los más sublimes textos jamás escritos, era tenido en tanta veneración por la Iglesia, que figura en el ordinario de la Misa promulgada por San Pío V, por la fundamental doctrina que contiene.
Según San Juan Crisóstomo, los mismos Ángeles ahí aprendieron cosas que no sabían.
San Juan escribió también tres Epístolas, siempre con vistas a establecer la verdadera doctrina contra errores incipientes que se infiltraban en la Iglesia.
Según una tradición, el discípulo amado de Jesús habría muerto en Éfeso, probablemente el 27 de diciembre del año 101 ó 102.
Pero algunos exegetas levantan la hipótesis que él no haya fallecido, con base al siguiente pasaje del Evangelio: poco después de la pesca milagrosa en el lago Tiberiades –después de la Resurrección de Jesús– Nuestro Señor confió una vez más la Iglesia a San Pedro. Éste, volviéndose a Nuestro Señor, le preguntó, refiriéndose a San Juan: “¿Qué será de éste?” Jesús le respondió: “Si yo quiero que así se quede hasta mi venida, ¿a ti qué te importa?” El mismo San Juan comenta: “Y de aquí se originó la voz que corrió entre los hermanos, de que este discípulo no moriría. Mas no le dijo Jesús: no morirá; sino: Si yo quiero que así se quede hasta mi venida, ¿a ti qué te importa?” (Jn. 21, 15-23).
Notas.-
1. Fray Justo Pérez de Urbel O.S.B., Año Cristiano, Ediciones Fax, Madrid, 1945, tomo IV, p. 614. 2. Apud Fray Justo Pérez de Urbel O.S.B., op. cit., p. 612. 3. Abbé L. Cl. Fillion, La Sainte Bible avec commentaires, Évangile selon S. Jean, P. Lethielleux, Libraire-Éditeur, París, 1897, Prefacio. 4. Les Petits Bollandistes, Vies des Saints d’après le Père Giry, Bloud et Barral, Libraires-Éditeurs, París, 1882, tomo XIV, p. 489.
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