¿Si Dios es bueno, por qué permite los males?
¿Son insoportables los sufrimientos?
Esa exposición tiene como fondo de cuadro sufrimientos humanamente soportables (por cierto, con la ayuda de la gracia divina). Pero nuestro misivista se refiere a tres géneros de sufrimiento –“la guerra, la enfermedad y el hambre”– que, a su entender, parecen exceder ampliamente la capacidad del hombre de soportarlos. ¿Cómo conciliar esto con la visión que tenemos de un Dios, Padre de misericordias?
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La obra de la Redención fue consumada por el sufrimiento de Nuestro Señor Jesucristo en su Sagrada Pasión. |
La duda tiene sentido. Los periódicos describen todos los días horrores de la guerra, actos pavorosos de terrorismo que alcanzan indiscriminadamente a toda clase de víctimas, incursiones criminales de guerrillas que conmueven la vida de diversas naciones, regímenes totalitarios que provocan hambrunas insaciables a que están sometidas poblaciones enteras, la pandemia del Sida, etc. ¿No constituye ello un sufrimiento que sobrepasa el límite de lo soportable?
Sin duda, el estado de convulsión generalizado en que está el mundo produce sufrimientos inauditos. No obstante, cabe preguntar si el estado de pecado en que vive hoy gran parte de la humanidad no es propicio para atraer los castigos divinos. A pecados inauditos, castigos inauditos... ¡Y cómo todo ello ofende a Dios!
El buen padre, cuando castiga, lo hace para el bien del hijo
Un observador atento ve bien la extensión y la gravedad de esos pecados: la inmoralidad inconcebible de las modas y de las costumbres, la desagregación institucional de la familia, el aborto, la depravación homosexual y tantos otros desórdenes en la esfera individual como en la social, nacional e internacional. Todo ello manifiesta el abandono de los principios de la moral natural y de la moral católica, un desdeñoso dar las espaldas a Dios. ¿Cómo asombrarse de que Dios sancione al mundo con castigos nunca vistos?
Así, al sufrimiento que siempre acompañó la vida del hombre desde Adán y Eva se añaden sufrimientos inconmensurables, que se pueden atribuir a un castigo por la apostasía moderna, la cual ofende enormemente al Corazón de Jesús. Aceptar con amor y resignación los sufrimientos que de ahí de vienen es, para el alma católica, un medio de reparar tan grandes ofensas.
Dios nunca deja a sus hijos en el abandono, sino que los socorre misericordiosamente. Por ello envió a su Santísima Madre a la tierra, en Fátima, para anunciar que si los hombres no se enmendasen, grandes castigos habrían de sobrevenir. Sin embargo, al fin de éstos, gracias también nunca vistas lloverán sobre la humanidad, que retornará a Dios y a la Iglesia, estableciéndose en la tierra una era de paz: es el Reino de Cristo, que se reinstaurará con el triunfo del Inmaculado Corazón de María.
Ésta es la gran y maravillosa esperanza que nos da ánimo para soportar todas las luchas y sufrimientos de este mundo convulsionado en que vivimos.
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