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Séptimo artículo del Credo

Desde allí ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos


En este artículo se enuncian tres verdades que conviene saber y creer: 1) Que el mundo, según ahora le conocemos, ha de ser destruido y tendrá fin; 2) que en el último día del tiempo han de resucitar todos los hombres que hayan existido y existan hasta entonces, con los mismos cuerpos y almas que tuvieron; 3) que Jesucristo bajará del cielo a juzgarlos, esto es, a dar a cada uno el galardón o castigo eternos según sus buenas o malas obras (Pbro. D. Eulogio Horcajo Monte de Oria, «El Cristiano Instruido en su Ley», Madrid, 1891, p. 72).


En el Juicio Universal se manifestará la gloria de Dios. Juicio Final, Giotto di Bondone, 1306 — Capilla Scrovegni, Padua (Italia)


El séptimo artículo del Credo nos enseña que al fin del mundo Jesucristo, lleno de gloria y majestad, vendrá del cielo para juzgar a todos los hombres, buenos y malos, y dar a cada uno el premio o el castigo que hubiere merecido.

Si bien, seremos juzgados por Jesucristo en el Juicio Particular, [también] hemos de ser juzgados todos en el Juicio Universal por varias razones:
1) para gloria de Dios;
2) para gloria de Jesucristo;
3) para gloria de los santos;
4) para confusión de los malos;
5) finalmente, para que el cuerpo tenga con el alma su sentencia de premio o de castigo.

La suprema glorificación

En el Juicio Universal se manifestará la gloria de Dios, porque todos conocerán con cuánta justicia gobierna Dios el mundo, aunque ahora se ven muchas veces afligidos los buenos y en prosperidad los malos.

Se manifestará  la gloria de Jesucristo porque, habiendo  sido injustamente condenado por los hombres, aparecerá entonces a la faz de todo el mundo como juez supremo de todos.

En el Juicio Universal se manifestará la gloria de los santos porque muchos de ellos, que murieron despreciados de los malos, serán glorificados a la vista de todo el mundo.

Será grandísima la confusión de los malos, mayormente la de aquellos que oprimieron a los justos o procuraron en vida ser estimados como hombres buenos y virtuosos, al ver descubiertos a todo el mundo los pecados que cometieron, aun los más secretos (Catecismo Mayor de San Pío X, Ed. Magisterio Español, Vitoria, 1973, p. 21).     




  

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