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«Tesoros de la Fe» Nº 109

Plinio Corrêa de Oliveira  [+]  Versión Imprimible
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La verdadera caridad


Existe una tendencia a mostrar la caridad casi exclusivamente como si fuera la virtud por la cual se busca sólo aliviar los sufrimientos del cuerpo. Quienes razonan así, parecen olvidar que Nuestro Señor enseñó que primero se debe amar a Dios y, en segundo lugar, al prójimo como a uno mismo. ¿Dónde está el equilibrio?


Plinio Corrêa de Oliveira


Así como el agua verdaderamente pura no es aquella que nace en los valles sombríos, sino aquella que, salida de lo más profundo de las entrañas de la tierra, se eleva hasta las cumbres de los montes, de donde brota en arroyos cristalinos; así también la verdadera caridad no es el sentimiento que tiene su origen en las afecciones naturales, transitorias y caprichosas de los hombres entre sí, sino en el amor que, salido de lo más profundo del corazón humano, se eleva hasta Dios, y desde allá, como de una vertiente limpia y cristalina en lo alto de una montaña, desciende sobre todas las criaturas.

La primera caridad, por lo tanto, la caridad verdadera y exenta del lodo de los afectos humanos, es la que se eleva directamente a Dios.

Pero el amor de Dios bien entendido no se limita a una adoración inerte y exclusiva, sino que se refleja sobre los hombres, criaturas del propio Dios.

Son éstos los datos que nos proporciona la fe. Y la observación directa de los hechos que nos rodean confirma claramente la fe, porque el verdadero amor al prójimo sólo se encuentra en las criaturas que tienen verdadero amor a Dios.

Nunca se ha visto a un ateo besar, en un delirio de amor, las llagas repelentes de un leproso, como hizo San Francisco de Asís.


Y nunca se consiguió mantener un hospital con enfermeras sin fe, con el celo y la perfección con que lo hacen las Hijas de la Caridad.

El verdadero amor al prójimo, por lo tanto, sólo puede ser entendido como un reflejo del amor de Dios.

Pero los hombres son animales racionales, dotados de un cuerpo material y mortal, y de una alma inmaterial e inmortal. La importancia del alma, evidentemente, es mucho mayor que la del cuerpo. El cuerpo sano nada es, para una alma infeliz, sino una prisión insoportable, cuyas cadenas son tantas veces rotas por el suicidio.

En consecuencia, los males del alma, los pecados, las infelicidades de todo tipo, constituyen para el individuo un peso mucho más doloroso y mucho más terrible que todos los padecimientos físicos.

Efectivamente, cuando muere el cuerpo, desaparecen con él todas las enfermedades. El alma no muere y pagará sus pecados eternamente.

Por eso el Cristianismo muestra el inmenso deseo que tuvo Dios Nuestro Señor de salvar nuestras almas. No fue para salvar cuerpos que el Redentor vino al mundo y que un Dios se hizo inmolar en expiación de los pecados de sus criaturas. No fue para salvar los cuerpos que la Iglesia fue instituida, ni es para salvar cuerpos que los Sacramentos existen. Almas, almas y siempre almas, es lo que desea Jesús.

Cuando curaba cuerpos, fue constantemente con el fin principal de salvar almas. Y, por el contrario, muchas veces envía a ciertas personas penosas dolencias físicas para atraerlas por medio del sufrimiento a la penitencia. Es decir, ¡permite que los cuerpos se enfermen, para que las almas se salven!

Por consiguiente, las verdaderas obras de caridad en la vida activa no son únicamente aquellas que se destinan al alivio de los sufrimientos físicos, sino, y de un modo especial, las que curan las almas.

Si estas verdades hubiesen sido comprendidas, hace mucho tiempo que habríamos organizado una acción social católica en este sentido. Y nuestros países, en vez de debatirse en la más pavorosa crisis moral, darían al mundo un ejemplo de carácter, digno de nuestro pasado.

Pero los fondos destinados para las asociaciones piadosas han sido casi exclusivamente empleados por las almas caritativas en hospitales y en limosnas para los cuerpos: ciertamente una acción muy loable, pero menos noble y menos agradable a Dios que las que tienden a propagar el Reino de Cristo.     


 


“El Legionario”, nº 76, 8 de marzo de 1931.

 



  




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Tesoros de la Fe


Nº 173 / Mayo de 2016

Obra Maestra de la Creación
Bella como la luna, resplandeciente como el sol

Su Señora, Toby Edward Rosenthal, c. 1908 – Óleo sobre lienzo, colección privada



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Santoral

31 de mayo

Santísima Trinidad

+ . El misterio de la Santísima Trinidad consiste en que Dios es uno solo y en Él hay tres Personas: Padre, Hijo y Espíritu Santo. El misterio de la Santísima Trinidad nos ha sido revelado por la Persona, palabras y acciones de Jesucristo. La Trinidad es el misterio más profundo. Jesús nos ha revelado los secretos del Reino de los Cielos. La suprema de sus enseñanzas es el secreto de Dios mismo. Nos ha hablado de la vida de Dios. Nos enseñó que Dios, siendo uno solo, hay en El tres Personas. Nos dijo sus nombres: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Jesucristo se presentó a Sí mismo como el eterno y divino Hijo de Dios. Afirmó que es el Hijo, el Unigénito del Padre, igual al Padre. Jesús reveló la tercera Persona divina, el Espíritu Santo. El Padre y el Hijo, después de la Resurrección, lo enviaron a la Iglesia. Jesús había prometido enviar la tercera Persona, Dios igual que El mismo y el Padre.

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Visitación de Nuestra Señora

+ . Anteriormente Fiesta de Nuestra Señora Reina. En aquellos días, se levantó María y se fue con prontitud a la región montañosa, a una ciudad de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. Y sucedió que, en cuanto oyó Isabel el saludo de María, saltó de gozo el niño en su seno, e Isabel quedó llena del Espíritu Santo; y exclamando con gran voz, dijo: «Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu seno; y ¿de dónde a mí que la madre de mi Señor venga a mí? Porque, apenas llegó a mis oídos la voz de tu saludo, saltó de gozo el niño en mi seno. ¡Feliz la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor!» Y dijo María: «Engrandece mi alma al Señor...(Lucas 1:39-46) La celebración de la fiesta es iniciativa de San Buenaventura, franciscano, en 1263. El Papa Urbano VI (reinó de 1378-1389), la extendió a toda la Iglesia, pidiendo el fin del cisma que sufría la Iglesia.

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