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«Tesoros de la Fe» Nº 223

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Santa María Goretti

Pequeña y dulce mártir de la pureza

Una historia de amor de Dios, perdón y arrepentimiento

Plinio María Solimeo

El día 24 de junio de 1950, el Papa Pío XII se topó con un problema singular: la canonización de María Goretti debía celebrarse en la Basílica de San Pedro, pero cerca de 500 mil personas afluyeron a la ceremonia, sobrepasando ampliamente la capacidad del templo; fue la mayor concentración en la historia de Roma hasta entonces. La solución fue celebrarla del lado exterior, algo inédito en una canonización.

¿Qué llevó a tanta gente a afluir para esta canonización? Posiblemente fueron los pormenores de la vida y muerte de María Goretti, que maravillaron a Italia y a todo el mundo católico. Una niña de apenas once años de edad prefirió morir antes que pecar; su actitud acabó convirtiendo al propio asesino, que después de purgar su condena se hizo religioso; la madre de la víctima lo perdonó y recibió la sagrada comunión a su lado. Todo lo cual trasluce una coherencia en la fe y en la piedad, poco frecuente en nuestros días.

Mucha pobreza y mucha virtud

Tercera de los seis hijos de una familia empobrecida, María Goretti nació el 16 de octubre de 1890, en Corinaldo (Italia). En 1899, la familia de Luis Goretti y Asunta Carlini se mudó a Le Ferriere di Conca, a 60 kilómetros de Roma, alternando el trabajo agrícola con el cuidado de la granja. Los Goretti pasaran a compartir con los Serenelli —un viudo de nombre Juan y su hijo Alejandro— una edificación abandonada en la propiedad, ocupando estos últimos el piso superior, mientras que los Goretti se ubicaron en el primer piso.

Tanto unos cuanto otros sacaban el sustento diario de la ardua faena en el campo, cuya tierra era muy pobre, medio pantanosa, infestada de insectos y muy dura de trabajar. Al año siguiente, Luis Goretti fue picado por un insecto transmisor de la malaria, falleciendo once días después.

María, entonces con nueve años de edad, era la mayor de los hermanos; y Asunta, su madre, le encomendó los quehaceres domésticos, a fin de que ella pudiera sustituir a su marido en el trabajo del campo. La niña aprendió a cocinar, hacer la limpieza, lavar la ropa y cuidar de sus hermanos menores. También cocinaba y cuidaba de la limpieza del piso de los Serenelli.

Las reliquias de santa María Goretti, expuestas a la veneración de los fieles, durante su peregrinación por los Estados Unidos el año 2015

No era vanidosa

Lejos de lamentarse por llevar una vida tan penosa, María Goretti era una fuente de ánimo para su madre, a quien aseguraba que Jesucristo las ayudaría en sus necesidades. Era una chica piadosa, iba a Misa siempre que podía, aprendió el catecismo y recibió la primera comunión con gran respeto, en la fiesta de Corpus Christi de 1901. A pesar de todos los trabajos y cuidados, crecía en gracia y sabiduría delante de Dios y de los hombres.

Asunta dirá más tarde a respecto de su hija: “No era vanidosa, no ambicionaba vestidos nuevos u otras cosas. Se contentaba con lo que había. Tenía un corazón generoso con sus hermanitos y, al comer, primero les daba a ellos y después comía ella. […] Aborrecía las malas palabras y nunca salió de su boca una palabra incorrecta. También detestaba las palabras o conversaciones contra la honestidad”.

Después de convertido, Alejandro declaró: “Siguiendo los pasos de la madre, era modesta, usaba vestidos largos, huía de ciertas jóvenes livianas, no se fijaba en periódicos o revistas con dibujos indecentes. Era verdaderamente un ángel, inocente como una paloma, y tan piadosa, tan buena, tan servicial en casa: era una niña modelo”.

Martirio por la pureza

Alejandro, al contrario, era un muchacho rudo, sin ninguna formación religiosa. Su madre había muerto en un hospital psiquiátrico cuando él aún era bebe, y su padre era alcohólico, siendo él mismo propenso a la bebida. Era muy impuro y le hacía propuestas indecentes a María cuando esta se encontraba sola. Ella detestaba la actitud vil y las torpes indirectas del muchacho, y siempre le contestaba: “¡No, nunca, eso es pecado! Dios lo prohíbe y nos iríamos al infierno”.

¿Por qué la niña no le contaba a su madre las embestidas lúbricas del jovenzuelo? Por un lado, no quería intranquilizarla; por otro, el que Alejandro ayudara a su madre en las labores más difíciles del campo. Y también porque, si lo hiciera, la familia no tendría adonde ir. Prefería entonces callarse y confiar en Dios.

El día 5 de julio de 1902, mientras María remendaba una camisa de Alejandro y cuidaba de una hermana menor, él apareció con un pretexto cualquiera, entró en la cocina y cerró la puerta. Se aproximó con una pieza de fierro puntiaguda y la amenazó de muerte, en caso que ella no cediera a sus deseos impuros. María gritó: “¡No! ¡Eso es pecado! ¡Dios no lo quiere!”. Cuando él quiso forzarla, ella reaccionó y luchó contra él, diciendo que prefería morir a pecar. Furioso, Alejandro le atravesó nueve veces el cuerpo con el punzón de fierro. En medio de la aflicción y de los dolores, la mártir continuó acomodando sus vestidos, resguardando su pureza.

Juzgándola muerta, el verdugo se retiró. María consiguió entreabrir la puerta y llamar a gritos al padre de Alejandro. El asesino entonces volvió y descargó contra su pecho otras cinco puñaladas. Después cerró la puerta y salió, dejando postrada sobre un charco de sangre a la inocente víctima de once años de edad, que gemía: “¡Dios mío! ¡Dios mío! Mamita, mamita”.

Teresita —una de sus hermanas, aún en la cuna— comenzó entonces a llorar desesperadamente, haciendo que el padre de Alejandro acudiera y encontrara a la mártir empapada en su propia sangre.

Mientras María era llevada a toda prisa al hospital de Nettuno, Alejandro, con 20 años de edad, iba a la cárcel, donde quedaría recluido por espacio de 28 años.

Única foto de santa María Goretti, encontrada el año 2011 en el álbum de recuerdos de los condes Mazzoleni, que acogieron a la familia Goretti en su propiedad de Nettuno, en la campiña romana

Sufrimiento ofrecido a Dios

Al llegar al hospital, pidió agua insistentemente, debido a la sed ocasionada por la pérdida de sangre, pero no podía ser atendida a causa de las llagas en el cuerpo. El párroco fue llamado para administrarle la Extrema Unción, antes de que comenzara la arriesgada operación. Mostrando un crucifijo, le dijo que Jesús también sufrió sed en la cruz, y preguntó si ella quería ofrecer su sed a Él por la salvación de los pecadores. La niña aceptó y nunca más pidió agua.

Antes de recibir el sagrado viático, el sacerdote le preguntó: “Marietta, ¿perdonas de todo corazón a tu asesino?”. Ella respondió: “Sí, por amor a Jesús lo perdono. Y también quiero que esté junto a mí en el paraíso”.

Los médicos comenzaron a operar. Las heridas eran catorce; nueve de ellas perforantes. Como la niña estaba muy débil, ellos no usaran anestesia. María estaba enteramente consciente cuando cada una de las heridas fue abierta para ser suturada por dentro. A pesar de los dolores, ella no lloró y sufrió su agonía con perfecta paciencia, ofreciéndola a Dios. A las cuatro de la tarde del día 6 de julio de 1902, a los once años de edad, María Goretti entregó su alma virginal al Creador, por cuyo amor prefirió la muerte a la ofensa.

Además del dolor que la dilaceraba de ver a su hija morir tan cruelmente, Asunta tuvo un pungente dolor adicional: una semana después, no tenía a nadie que cuidara de sus hijos mientras trabajaba en el campo. Siendo muy pobre, no tuvo más remedio que entregarlos en adopción.

Conversión del asesino

Alejandro Serenelli, asesino de la santa, reza en la habitación que perteneció a Marietta

En la prisión, Alejandro se mostró agresivo y rebelde, teniendo que ser removido a una celda individual. Sin embargo, seis años después, María Goretti se le apareció en sueños, y sin decir una sola palabra le entregó catorce lirios blancos, símbolo de la pureza, cada lirio representaba una de sus puñaladas.

El asesino comprendió por ese sueño que María lo había perdonado del crimen y que estaba en el cielo. Conmovido, sintió un gran arrepentimiento, seguido de una milagrosa conversión. Pidió entonces que llamaran al obispo encargado de la prisión, a quien confesó sus crímenes y pecados. Cumplió el resto de la sentencia como prisionero modelo, razón por la cual fue liberado tres años antes del fin de su pena.

Una vez puesto en libertad, Alejandro fue a buscar a la madre de su víctima. Era víspera de Navidad, y quería saber si ella aún lo reconocía. Sí, ella lo reconocía como el hombre que mató a su hija y destruyó su familia. Alejandro entonces le pidió perdón. La respuesta de esta madre verdaderamente católica fue: “Si María, mi hija, lo perdona, y Dios lo perdona, ¿cómo puedo no perdonarlo?”. Los dos fueron entonces a la misa de Navidad, durante la cual recibieron la comunión de rodillas, lado a lado. Alejandro hizo algo más: confesó entonces públicamente en la iglesia su pecado, delante de los fieles, a los cuales pidió también perdón.

Aceptación de la sentencia

En el largo período que pasó en prisión, Alejandro tuvo tiempo para pensar en el mal que había hecho y de arrepentirse. Una vez cumplida la pena, se encerró en un convento de los Padres Capuchinos, donde falleció en 1970 a los 88 años de edad. En 1962 escribió lo que puede ser considerado como su testamento espiritual, del cual transcribimos aquí algunos trechos:

“Soy un anciano de casi 80 años, ya próximo a terminar mi vida. Echando una mirada al pasado reconozco que en mi juventud emprendí un camino falso […]. A los 20 años cometí un delito pasional del que ahora me horrorizo solo con recordarlo. María Goretti, ya santa, fue el ángel bueno que la Providencia puso delante de mis pasos para salvarme. Todavía tengo impresas en el corazón sus palabras de reproche y de perdón. Rogó por mí, intercedió por su asesino.

“Siguieron 30 años de cárcel. De no haber sido menor de edad, me hubieran condenado a cadena perpetua. Acepté la sentencia merecida y expié resignado mi culpa. La pequeña María fue mi luz, mi protectora. Con su ayuda me comporté bien en la cárcel y traté de vivir honestamente cuando la sociedad me acogió de nuevo.

“Los hijos menores de san Francisco, los capuchinos de Las Marcas, me recibieron con caridad seráfica, no como un criado, sino como un hermano, y con ellos estoy desde hace 24 años. Ahora espero sereno el momento de ser admitido a la visión de Dios, de abrazar de nuevo a mis seres queridos, de estar más cerca de mi ángel el protector y de su madre Asunta.

“Quisiera que los que leyesen esta carta aprendiesen a huir del mal y a obrar siempre el bien. Piensen desde niños que la religión con sus preceptos no es algo de lo que se puede prescindir, sino el verdadero aliento, el único camino seguro en todas las circunstancias, aún las más dolorosas de la vida”.

Glorificación final

La causa de beatificación de María Goretti fue abierta en 1935. En ella, el propio Alejandro atestiguó su santidad y su intercesión. Fue beatificada en 1947 por Pío XII. Su madre, presente en el acto, narra lo que pasó: “Cuando vi que venía el Papa, recé: ‘Virgencita, por favor, ayúdame’. Puso su mano sobre mi cabeza y me dijo: ‘Bendita madre, feliz madre, madre de una beata’”.

María Goretti fue canonizada tres años después, por el mismo Papa, ante la presencia de Alejandro Serenelli, Asunta Goretti y sus cuatro hijos restantes.

Los restos mortales de la santa están en la Basílica de Santa María Goretti, al lado del mar, en Nettuno, Italia, cerca del lugar donde ella vivió y murió. Están en un relicario, envueltos en una imagen de cera que reproduce sus facciones.

Fuentes.-

* Who is St. Maria?, in http://mariagoretti.com/who-is-st-maria/

* José Leite SJ, Santos de cada día, Editorial A.O., Braga, Portugal, 1987, t. II, p. 385-388.

Santuario de Nuestra Señora de las Gracias y de santa María Goretti, en Nettuno (Italia)



  




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Tesoros de la Fe


Nº 225 / Septiembre de 2020

El Ángel de la Guarda
El amigo cierto en la hora incierta

Ángel de la Guarda, anónimo napolitano, c. 1614 – Escultura en madera, Monasterio de San Blas de la Villa de Lerma, Burgos (España)



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+1660 París. Conocido como el gran Santo del gran siglo en Francia. Fundador de los Lazaristas y de las Hermanas de la Caridad. Prácticamente no hubo atividad religiosa o de caridad a la que no estuviese ligado. Los religiosos y religiosas de las Congregaciones que fundó, fueron piezas fundamentales para hacer retroceder al protestantismo y perder fuerza en aquel país.

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