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«Tesoros de la Fe» Nº 221

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San Juan de Ávila

Doctor de la Iglesia

Consejero de obispos y nobles, predicador, director de almas, columna de la Iglesia y uno de los paladines de la Contrarreforma católica en el siglo XVI; san Juan de Ávila puede ser considerado el padre espiritual de un gran número de santos en la España de su época

Plinio María Solimeo

De repente, se oye en la iglesia un sollozo que más parecía un rugido: un hombre fornido sale del templo, donde predica el padre Maestro Ávila en la fiesta de san Sebastián, compungido y dándose fuertes golpes en el pecho: ¡era el futuro san Juan de Dios!.

Este fue uno de los espléndidos frutos de la ardiente y sobrenatural prédica de san Juan de Ávila, quien figura entre los mayores santos españoles de su época.

*     *     *

Juan de Ávila1 nació el año 1500 en la pequeña ciudad de Almodóvar del Campo, en la diócesis de Toledo. Sus padres, Alonso de Ávila y Catalina Gijón, eran “de los más honrados y ricos del lugar”. El padre descendía de “cristianos nuevos” (judíos conversos).

Precoz en la inteligencia y piedad, desde niño se notaba en él una notable mortificación, grande propensión hacia la oración, devoción profunda al Santísimo Sacramento y amor especial por los pobres.

A los catorce años fue enviado a la famosa Universidad de Salamanca para estudiar Derecho. No había terminado aún ese curso cuando, sintiendo un llamado especial de Nuestro Señor para dedicarse a su entero servicio, abandonó el estudio y regresó a su casa. En ella permaneció tres años en recogimiento, oración, penitencia y frecuencia a los sacramentos. Pasaba varias horas del día en adoración frente al sagrario.

Su intenso amor de Dios lo encaminó, finalmente, al sacerdocio, por el deseo de atraer al mayor números de pecadores a su Creador. Continuó así sus estudios en la no menos famosa Universidad de Alcalá, donde fue discípulo del renombrado Domingo de Soto, que predijo a su alumno un brillante futuro.

El día de su ordenación, el padre Juan de Ávila vistió y sirvió con sus propias manos una comida a doce mendigos en honra de los apóstoles. Único heredero de la gran fortuna de sus fallecidos padres, lo vendió todo, distribuyendo su producto entre los necesitados. Desde entonces pasó a vivir de limosna.

Comenzó entonces “su vida austerísima, de gran recogimiento y mortificación, dada a la oración y favorecida con extraordinarias visiones y revelaciones”.2 “A las mortificaciones del cuerpo, unía las del espíritu. Moría todos los días para sí mismo por la práctica de una renuncia absoluta, de una humildad profunda y de una completa obediencia”.3

Apóstol de Andalucía

Sediento de almas, el joven sacerdote se dirigió a Sevilla con la intención de embarcar a las Indias, a fin de convertir a una multitud de paganos que moría sin conocer al verdadero Dios. Mientras esperaba la partida, un día en que celebraba la misa y predicaba en una parroquia de la ciudad, fue oído por el venerable Fernando de Contreras (1471-1548). Viendo el gran tesoro espiritual que se encerraba en aquel sacerdote de aspecto humilde y mortificado, quiso saber de quién se trataba. Tomando entonces conocimiento de su proyecto, el padre Contreras pidió a D. Alonso Manrique, arzobispo de Sevilla, Inquisidor General, que ordenara al padre Ávila —en nombre de la santa obediencia— que permaneciera en España, donde también podría obtener inmensos frutos. De esa forma comenzaba su carrera apostólica el gran Apóstol de Andalucía.

“El Espíritu Santo habla por su boca”

Como predicador, el padre Ávila adquirió muy pronto gran renombre. Escogió a san Pablo como modelo y patrono. Se preparaba para cada sermón con fervorosa oración y penitencia, a fin de obtener que la gracia divina le asistiera así como a sus oyentes.

Poco a poco la fama del joven predicador se esparció por toda Andalucía. “Su popularidad es extraordinaria. Cuando él predica, se pueblan las iglesias; hace también sus sermones en las plazas públicas”.4 “Se diría que el Espíritu Santo hablaba por su boca, de tal modo sus sermones estaban llenos de aquellos trazos de fuego que convierten y mudan los corazones. Retiraba del vicio a los que en él estaban encharcados y confirmaba en el bien a quienes no se habían desviado de las vías de la justicia”.5

No es de admirar que, durante sus sermones “hasta los muchachos que le oían lloraban, y cuando acababa el sermón, era cosa maravillosa ver la gente que le seguía, besándole las manos y la ropa, y aun los pies le hubieran algunos besado, si él no se lo hubiera impedido”.6

Los sermones del padre Maestro Ávila se volvieron tan famosos, que las personas se dirigían de madrugada a las iglesias donde iba a predicar, para conseguir un buen lugar. A veces, siendo pequeña la iglesia, tenía que predicar en plaza pública. Y, al llenarse estas, las personas subían hasta los tejados de las casas para oírlo, quedando por más de dos horas presos a sus palabras.

Vista de la ciudad de Sevilla, atribuida a Alonso Sánchez Coello, s. XVI – Óleo sobre lienzo, Museo del Prado, Madrid

Ante el tribunal de la Santa Inquisición

En aquella época Europa era sacudida por cismas y pseudo reformadores. En la propia España una secta, la de los iluminados, bajo apariencias de alta virtud, engañaba a mucha gente piadosa, por lo cual el Santo Oficio de la Inquisición estaba muy activo y alerta frente a cualquier novedad que surgiera de dudosa ortodoxia. Atestigua a favor de esta institución, dicho sea de paso tan calumniada, el hecho de que varios santos, acusados por sus enemigos, fueron convocados, juzgados y, por supuesto, absueltos por ella. Fue lo que sucedió con san Ignacio de Loyola y con la gran santa Teresa de Jesús.

De la misma forma le tocó al santo Maestro de Ávila la gloria de ser denunciado por gente envidiosa ante el temible tribunal, y de permanecer encarcelado mientras corría su proceso. En este imprevisto encierro, concibió una de sus más famosas obras, Audi filia (Oye hija), escrita para una de sus hijas espirituales a quien deseaba elevar a una eminente santidad.

Una vez comprobada su inocencia, ciertamente, esta circunstancia no hizo más que aumentar su brillo.

Consejero de prelados y correspondencia con santos

Para sostener a los innumerables discípulos que se formaron a su alrededor, el padre Maestro Ávila dedicaba buena parte de su tiempo a responder su correspondencia y a escribir obras espirituales.

Para comprender en su debida dimensión al Santo Oficio de la Inquisición y particularmente su actuación en el Virreinato del Perú, es de lectura obligada la obra de Fernando Ayllón Dulanto, El Tribunal de la Inquisición, De la leyenda a la historia, publicada en 1997 por el Congreso de la República del Perú.

Dice el gran teólogo fray Luis de Granada que “las cartas le llegaban de todas partes de España. Y, en sus últimos años, era el consejero nato de varios prelados, como el arzobispo de Granada, D. Pedro Guerrero, D. Cristóbal de Rojas, obispo de Córdoba y D. Juan de Ribera, obispo de Badajoz y más tarde arzobispo de Valencia”.7 Este último sería también elevado a la honra de los altares.

San Juan de Ávila mantuvo correspondencia con casi todos los santos españoles contemporáneos, como san Pedro de Alcántara, san Ignacio de Loyola, santa Teresa de Jesús, san Francisco de Borja y san Juan de Ribera.

Humildad del santo frente al llamado de san Ignacio

Si bien que el padre Maestro de Ávila haya atraído a muchos discípulos, no fundó ninguna orden religiosa. Sin embargo, al tomar contacto con la Compañía de Jesús, cierta vez le dijo a un jesuita de apellido Villanueva: “Eso es tras lo que yo andaba tanto tiempo ha, y ahora caigo en la cuenta, que no me salía, porque Nuestro Señor había encomendado esta obra a otro, que es vuestro Ignacio, a quien ha tomado por instrumento de lo que yo deseaba hacer y no acababa”.8

San Ignacio le tenía en la más alta consideración, le escribió personalmente y ordenó a sus representantes en España —comenzando por san Francisco de Borja que acababa de ser recibido en la Compañía— que visitaran al padre Maestro Ávila e hicieran todo lo posible para atraerlo a su Orden. El Maestro Ávila respondió a san Ignacio que estaba dispuesto a ingresar en la Compañía si no fuera por sus constantes enfermedades. En cambio, aconsejó a treinta de sus mejores discípulos a que lo hicieran. Donó a los jesuitas varios de los colegios fundados por él, y quiso ser enterrado en la iglesia de la Orden en Montilla.

Ellos le tenían en gran veneración, le consultaban en los casos difíciles y lo asistieron en su lecho de muerte.

Pléyade de discípulos admirables

Con el paso del tiempo, muchos discípulos, atraídos por su santidad, se habían reunido alrededor del padre Maestro Ávila. Numerosos laicos, algunos pertenecientes a la alta nobleza, también se pusieron bajo su dirección. Hubo casos, como el de la condesa Ana Ponce de León, en que no apenas la castellana, sino que todas sus doncellas de servicio se entregaron a una vida auténticamente religiosa. Tres de sus convertidas, dirigidas espiritualmente por él, murieron en olor de santidad, habiendo sido favorecidas con grandes gracias místicas.

Otro grupo de discípulos suyos, liderados por el siervo de Dios padre Mateo de la Fuente, se dedicó a la vida contemplativa como eremitas solitarios junto al monte Tardón, restaurando después en España la primitiva Orden de San Basilio. Otros aún se unieron a la reforma de santa Teresa, convirtiéndose en eminentes carmelitas descalzos. Un tercer grupo, lamentablemente, vino a ser el disgusto de su vida. Entregados también a la vida contemplativa, a pesar de las amonestaciones vehementes y enérgicas del santo —que veía el peligro que corrían por buscar el deleite espiritual por el deleite en sí— de él se alejaron, acabando por seguir a la secta de los iluminados y ser condenados por la Inquisición.

Vocación especial para el sufrimiento

A partir de los 50 años de edad, o sea, durante los últimos diecinueve años de su vida, el padre Maestro Juan de Ávila estuvo siempre enfermo, algunas veces sin posibilidad de levantarse, sea por altas fiebres, sea por terribles dolores renales (le descubrieron tres piedras en los riñones, después de su muerte). No por ello dejaba de atender a los numerosos visitantes o de dictar cartas para sus dirigidos. A la primera mejoría, ya estaba predicando en el púlpito.

“Su ansia de martirio se satisfacía en el lecho del dolor y constantemente repetía: ‘Señor mío, crezca el dolor y crezca el amor, que yo me deleito en padecer’”. Cuando los dolores eran insoportables, muy a la española exclamaba: “¡Señor, más mal y más paciencia!”. Y, también: “Haced conmigo, Señor, como hace el herrero: mantenme con una mano y golpéame fuertemente con la otra”.9

A los dolores abdominales, se sumaron, en los meses anteriores a su muerte, otros agudísimos en el hombro y en el lado izquierdo de la espalda. En el mes de marzo, el médico, como buen católico, le dijo: “Señor, ahora es tiempo en que los amigos han de decir las verdades, vuestra merced se está muriendo, haga lo que es menester para la partida”. El padre Maestro Ávila elevó los ojos al cielo en una súplica a la Santísima Virgen y pidió en seguida los sacramentos que recibió con la más conmovedora piedad.

A los sacerdotes de la Compañía de Jesús que acudieron junto a su lecho de muerte, les preguntó: “Padres míos: ¿qué suelen decir a los ahorcados y quemados cuando los acompañan?”. Ellos le respondieron: “Que pongan su confianza en Dios, que confíen”. El moribundo entonces les suplicó: “Padres míos, díganme mucho de eso”.10

En la madrugada del día 10 de mayo de 1569, el padre Maestro Juan de Ávila fue a recibir en el cielo “el premio demasiadamente grande que Dios reserva a aquellos que lo aman”. A una discípula le fue revelado por un ángel que su alma no pasó por el Purgatorio, sino que fue directamente al cielo.11

Santa Teresa de Ávila, que estaba en Toledo en la casa de doña Luisa de la Cerda, cuando recibió la noticia se puso a llorar copiosa y sentidamente. A las hermanas que le preguntaron la razón de ese tan profundo llanto, una vez que el padre Maestro Ávila debería ya estar gozando de Dios, respondió: “De eso estoy yo muy cierta, mas lo que me da pena es que pierde la Iglesia de Dios una gran columna, y muchas almas un grande amparo que tenían en él; que la mía, aun con estar tan lejos, le tenía por esta causa obligación”.12

San Juan de Ávila, conjunto escultórico de Antonio Bernal Redondo, 2013 – Catedral de Córdoba (España)

Los designios de Dios son insondables. ¡A pesar de testimonios y señales de santidad universales, el Maestro Ávila apenas fue beatificado en 1894 —por lo tanto, más de tres siglos después— y sería canonizado casi a los ochenta años de su beatificación, en 1970!

 

Notas.-

 

1. Para este artículo nos basamos en la biografía que aparece en las Obras Completas del Santo Maestro Juan de Avila, de autoría de los padres Luis Sala Balust y Francisco Martín Hernández (Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid, 1970). Este libro tiene como fundamento la primera biografía del mismo escrita por el célebre teólogo y místico dominico español, fray Luis de Granada, su amigo íntimo; las declaraciones de los contemporáneos del santo que constan en el proceso de beatificación; sus obras y correspondencia. La citaremos simplemente como BAC.

2. BAC, p. 37.

3. Les Petits Bollandistes, Vies des Saints, Mgr Paul Guérin, Bloud et Barral, Libraires-Éditeurs, París, 1882, t. III, p. 292.

4. BAC, p. 38.

5. Les Petits Bollandistes, op. cit., p. 293.

6. BAC, p. 38.

7. Idem., p. 264-265.

8. Idem., p.158.

9. Idem., p. 331.

10. Idem., p. 334.

11. Cf. idem., p. 339.

12. Diego de Yepes OSH, Vida, virtudes y milagros de la bienaventurada virgen Teresa de Jesús, apud BAC, p. 340.



  




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Tesoros de la Fe


Nº 225 / Septiembre de 2020

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